Hace unos días, el martes 14 de
Septiembre de 2010 a las 15,00 horas, llegamos a la cima del Naranjo de Bulnes.
Y éso ya no nos lo quita nadie.
Todo empezó cuando, hace ya algunos
años, Nicolás me comentó que un hermano de su bisabuelo, Pedro Pidal (recomiendo
el libro Las Historias del Naranjo de Bulnes, de Francisco Ballesteros Villar,
Editorial Laria, que me regaló mi padre tras la ascensión y que conservaré
siempre dedicado por mis compañeros), quien fue el primero en escalarlo, estaba
enterrado allí como reconocimiento a su gesta. “¿A que no hay lo que hay que
tener para subir y rezarle un Padrenuestro a tu pariente?”, le pregunté. En ese
instante, supimos que algún día lo intentaríamos.
Desde entonces, fue un proyecto
recurrente para el que nunca encontramos la oportunidad. Sin embargo, un día en
el Arrastre, el bar de la calle Felipe II en el que nos reunimos de vez en
cuando un grupo de corredores, y donde a la tercera cerveza aparecen siempre
nuevos planes y retos, (algunos disparatados, al menos de momento), Nicolás lo
puso encima de la mesa y generó un entusiasmo general. Había llegado el
momento.
Antes de continuar, no quiero dejar
de acordarme de Lawton Cheney, Antonio Sánchez Soto y Magda Fariñas Boyle, que
hubieran subido con nosotros si sus circunstancias personales lo hubieran
permitido. Los hemos echado de menos.
También expresar mi agradecimiento a
mis “compañeros de cordada”, Nicolás Ybarra Moreno, Nicolás Ybarra Rodríguez,
Tomás Fernández Halcón, José Enrique (Quique) Flores Llopis, Álvaro Torres
García Carranza e Iván Ybarra Fontcuberta, pues sin su compañerismo, ilusión y
valor, hubiese sido mucho más difícil.
Nos repartimos el trabajo entre
todos y logramos una organización difícil de superar. El campamento base en el
Hotel Cipriano de Sotres, el refugio de montaña en la falda del Naranjo y el
trabajo de los guías hizo que la excursión fuera un completo éxito desde
cualquier punto de vista. A señalar el acierto de Nicolás contactando con
Cipriano, uno de los guías, y los reflejos de Quique adelantando hotel y
refugio cuando cundió el pánico al ver la cómo la previsión del tiempo para el
día 15 iba empeorando a diario.
Posteriormente se nos unió a la
expedición otra al alpinista, Sor Pilar, desde su clausura en Constantina (Sevilla),
y mi padre, que se vino a Sotres con nosotros. Ambos han dado mucho juego en
esta aventura, pues a raíz de que le pidiera a Sor Pilar que rezara por la
estupidez que íbamos a hacer, recibí una carta tremendamente motivadora, y que
reproduzco en parte:
“Tu
padre me ha encargado que rece por ti para que tu escalada al Naranjo vaya
bien, y dándole vueltas al asunto, porque es un tema que me apasiona, me he
decido a tomarme la libertad de ponerte unas letras.
Tu padre dice que es una estupidez.Yo no lo veo así. No sé si has sido
montañero desde siempre o es un reto más que se te ha puesto por delante.
Yo llevo la pasión por la montaña desde siempre. Dos de mis hermanos han sido
buenos escaladores y tengo muchos amigos montañeros. Incluso yo realicé alguna
pequeña "escalada" con ellos, pero no pasé de ahí porque entré muy
joven en el monasterio. Aparte de lo que me gustaba era un buen ejercicio que
yo necesitaba para pasar las pruebas de acceso a la Academia Militar, así que
dos veces bueno.
Sea cual fuere el motivo, aprovéchalo. La experiencia de la montaña es para mi
una de las que más nos ponen en contacto con lo más profundo de nosotros
mismos, nos hace entrar como en otra onda. La concentración que se necesita, el
silencio que rodea, la adrenalina que dispara el reto de subir y llegar a la
cima, es algo que hay que vivir para comprenderlo. El llegar a una cima, por
pequeña que sea, que éste no es tu caso, es el símbolo de muchas otras cosas.
Además quieras o no, si observas con atención y escuchas (no digo
"oyes" que es distinto) desde tu corazón, desde lo profundo de tu
ser, el silencio sonoro de la cima, entras en cierto modo en comunión con algo
que es mucho más grande que tú: lo trascendente. Dios.
Supongo que tu padre te habrá comentado que un sacerdote que para mi era mucho
más que un hermano para mí, murió hace casi dos años bajando del Moncayo, la
última de las grandes cimas españolas que le quedaba, aparte de las muchas del
extranjero. Él siempre me contaba (siempre lo hacía porque sabía que me gustaba
tanto) que esos momentos eran los mas impresionantes de su vida, por eso decía
siempre misa en la cumbre. Siempre dijo que le gustaría morir en la montaña y
así fue, por intentar salvar a otra persona, cosa que no pudo hacer y le costó
la vida. Y así fue, dando lo mejor de si mismo, otro de los requisitos
fundamentales de todo buen escalador.
Estoy segura de que todo irá bien. Ten por seguro que yo ese día estaré
"escalando" con vosotros, y estaré pendiente de las noticias que
seguro me dará tu padre.
No quiero cansarte, pero no he podido remediar ponerte unas letras
Un cordial saludo
Sor Pilar
¡¡¡Hasta la cima, compañero!!!”
Comenzaré
por tanto por la lectura que de esta carta hizo Nicolás en la cena del domingo
día 12 en Casa Cipriano (Sotres de Cabrales, www.casacipriano.com, y teléfono 985
945 024). Sonia y Raquel, hermanas de Cipriano nuestro guía, nos trataron
estupendamente y estuvieron pendientes de que tuviésemos una estancia de lo más
agradable, y lo consiguieron. Llegamos a buena hora desde Sevilla, la mejor, la
hora de la sidra, que es cualquiera, y que nos escanció Iván en el bar Casa
Rumba.
Poco
después, descubrimos la cocina de Casa Cipriano, donde tuvimos la oportunidad
de hacerle la ola a la cocinera, que sin embargo, no quiso casarse con ninguno
de nosotros, aduciendo que no teníamos “paguita” al no estar jubilados. Le
cantamos las excelencias de mi padre, que sí lo está, pero no coló. Una
verdadera lástima. Esa noche dimos buena cuenta de una fabada asturiana (por
aquello de que “con fabada y sidrina no hace falta gasolina”), escalopines al
cabrales, solomillo de ternera, cabrito al horno, postres, un buen vino, una
mejor conversación, y mucha ilusión por lo que nos quedaba por delante. Iván y
Álvaro fueron capaces todavía de tomarse un par de copas en el hotel.
El
lunes 13 nos levantamos temprano, desayunamos en el hotel, dimos un pequeño
paseo por Sotres, compramos pan, chorizo, queso, una botella de tinto y agua
para el camino hasta el refugio.
Dejamos
los coches en Pandébano e iniciamos la ascensión para adentrarnos en Los Picos
de Europa en busca del Picu Urriellu, al que cada vez teníamos más ganas de ver.
Mi
padre nos acompañó hasta el primer refugio. Nos despedimos de él y continuamos
el camino.
| Refugio de Cipriano. Aqui nos despedimos de mi padre y conocimos a nuestro guia. |
Ascendimos
hasta el refugio durante unas tres horas de marcha, incluida la parada a comer,
rodeados de un paisaje grandioso de montaña.
Fue
espectacular la entrada la tarde anterior a Los Picos de Europa recorriendo la
ribera del Cares entre montañas espectaculares. Empequeñecidos entre semejantes
moles, con temor nos preguntábamos que qué tendría de diferente el Naranjo de
los inmensos monstruos de roca que veíamos a un lado y otro de la carretera.
Hoy, en un recodo junto a un acantilado, y al dar la vuelta a un pasillo de piedra,
lo vimos; no cabía duda de que ésa era nuestra montaña, el trono calizo que
veíamos al fondo era único, no era comparable al resto, era nuestra montaña, la
única de todos los Picos de Europa vedada a los rebecos, y con miedo,
expresamos nuestras dudas. “¿Qué hacemos aquí?”. Era una locura.
Continuamos
nuestra marcha ascendente, en un día claro y caluroso, ganando altitud en busca
de nuestra meta, sin dejar ni un momento de asombrarnos por el paisaje, adentrándonos
cada vez más en la Vega de Urrellu.
Sobre
las dos, paramos en un pequeño prado, ya casi a la sombra del Naranjo, para
almorzar. Sólo nos quedaban unos vente minutos de ascensión para llegar a la
falda del Picu.
| Ascenso desde Pandébano hacia el refugio. Al fondo, el mar Cantábrico |
Cuando
llegábamos al refugio, se nos presentó ya el Naranjo en todo su esplendor.
Impresionante su pared vertical de la cara norte, una caída vertical de 500
metros cayendo a pico sobre el valle, toda una lección de respeto.
|
Cuando
llegamos al refugio, no fuimos capaces de acercarnos a tocarlo. Nadie lo
propuso, como si no quisiéramos pensar cuál era el motivo que nos había llevado
hasta allí. Sin embargo, estuvimos toda la tarde contemplándolo de todos
los puntos de vista que nos permitía el
valle, sintiendo una atracción mágica. No perdimos detalle de cómo iba cambiando
de color, aunque siempre anaranjado, conforme el sol iba recorriendo su camino
hacia el este. Y así estuvimos hasta que se hizo de noche.
Tomás, el guarda del refugio, a quien sólo conocía
por teléfono, nos acomodó en el cuarto “Pidal-Cainejo”, como no podía haber
sido de otra manera, una habitación de 28 literas corridas. Cuando llegamos, no
había prácticamente ninguna ocupada, pero terminamos durmiendo 26 personas
allí. Las reglas eran sencillas: la cena a las ocho, el que llegue a las ocho y
cinco no cena, y la puerta se cierra a las once, y el que llegue a las once y
cinco, no entra.
Dejamos
señalada la litera, metimos las cosas en las taquillas, nos registramos en el
libro del refugio, y nos fuimos a dar un paseo por los alrededores hasta la
hora de la cena. Subimos un cerro cercano donde vimos docenas de rebecos,
siempre vigilados por el Picu.
| Un rebeco en las inmediaciones del refugio |
A
las ocho en punto nos sirvieron la cena: sopa de fideos, espaguetis con atún,
menestra, y macedonia. Había bastante ambiente de montañeros; la mayoría de
ellos escalaría al día siguiente, y otros harían rutas de senderismo. Cenamos
con hambre, pedimos una botella de tinto que estaba bastante bien y salimos
después a ver anochecer. Era impresionante cómo estaba el cielo de estrellas,
sin ninguna luz en kilómetros a la redonda y con una noche clarísima y fría.
| En las afueras del refugio antes de la cena |
A
las once se cerraba el albergue, se apagaba el generador, y el que estuviera
fuera dormía al raso, así que poco antes nos metimos en los sacos. Hacía calor,
olía a tigre de Bengala, y se roncaba por todos lados, así que dormí poco. Me
desperté sobre las cinco y estuve haciendo tiempo para no despertar a nadie,
pero ya no podía más y a las seis menos cuarto estaba ya otra vez fuera. Hacía
bastante frío, era noche cerrada y había un silencio imponente. Disfruté mucho
de ese momento.
A
partir de las seis y media, comenzó un goteo de gente. Teníamos previsto el
desayuno a las siete, pero lo fuimos retrasando todo porque ya se nos habían
adelantado unos escaladores que también harían ese día el Picu, así que al
final no nos pusimos en marcha hasta pasadas las ocho y media.
Tardamos
una hora y media, poco más o menos, en subir hasta la cara Sur del Naranjo, por
un camino de cabras muy empinado, pues debíamos subir sobre 300 metros sobre el
nivel del refugio, bajar unos 100 metros hasta el valle y luego volver a
subirlos hasta la base del Naranjo. En cuanto empezamos a subir, nos sobraron
ya todas las chaquetas y gorros.
LA ASCENSIÓN.
| Croquis de la vía Martínez o Sur Directa |
Sobre las 10,00 de la mañana llegamos a la base de la pared y pudimos por fin tocar el Naranjo. Desde nuestra situación dominábamos el valle, que podía verse unos 100 metros por debajo nuestro, todavía con varios neveros. Impresionaba la mole de piedra que nos disponíamos a escalar. Por un momento, se hizo el silencio; un respetuoso silencio ante tan descomunal entorno. Acabábamos de tomar conciencia de lo que iba a suponer nuestro reto.
Tuvimos
que esperar hasta las 11,30 aproximadamente, pues había cuatro personas delante
de nosotros para subir. Mientras tanto, estuvimos viendo unas maniobras de la
Guardia Civil de montaña, que con el helicóptero dejaban y recogían gente en el
valle, sin tener la menor idea de que en ese mismo momento, mi padre, que
estaba en Sotres, había preguntado por el riesgo de la escalada. “No pasa nada,
sólo preocúpese si ve que aparece el helicóptero de la Guardia Civil”, le
contestaron, por lo que al ver la actividad del helicóptero, que iba y venía
continuamente, se imaginó poco menos que las siete plagas de Egipto. Hasta
pasadas las seis de la tarde, no pudieron contactar con la radio del refugio,
que no contestaba nadie, por lo que hasta entonces, que ya estábamos nosotros
llegando de vuelta al refugio, no le confirmaron que no había habido ningún
accidente.
Nicolás
padre e hijo, y yo, formaríamos la primera cordada junto con Cipriano, uno de
los guías.
Álvaro,
Tomás e Iván la segunda con Matías, otro de los guías.
Quique
haría una vía paralela a nosotros con Martín, el tercero de los guías. Esto nos
vendría estupendamente, porque nos dio la oportunidad de que nos hiciera un
montón de fotos.
Nos
pusimos los arneses, cambiamos las botas por los pies de gato y los cascos,
para evitar los impactos de las piedras que podían desprenderse al paso de
otros escaladores que iban por delante. Unos días antes, un miembro del gobierno
autonómico de Castilla La Mancha había muerto por el golpe de una de estas
piedras en su escalada.
Bueno,
allá vamos. A por la cima. Había llegado el momento.
El
primero de nosotros en empezar la ascensión fue Nicolás, seguido de mí y de su
hijo. A continuación, empezó la segunda cordada con Tomás, Álvaro e Iván, y a
la vez, comenzaba Quique la suya.
Nicolás, que abrió la marcha,
me mira justo en el momento de empezar a subir. Supongo que estábamos los dos
pensando lo mismo: “¿Qué hacemos aquí?” Unos minutos después, empezaría yo.
Este
primer largo tenía unos 16 metros, y como se ve en el croquis, la mayor
dificultad técnica de toda la ascensión. En mitad de este largo fue mi única
caída (y que
se puede ver en http://www.youtube.com/watch?v=QpJVAKOVv_k), sin ninguna consecuencia, y filmada hábilmente por Tomás, que no se
le escapaba una. Afortunadamente, fue la única caída de todo el grupo. Este
tramo me costó bastante, a pesar de que no era muy extenso, ya que todavía no
me había dado cuenta de cómo agarraban los pies de gato, que han sido un gran
descubrimiento.
Álvaro, que venía resintiéndose del mismo
menisco que se operó hacía poco más de un año, tuvo que tomar, una vez empezada
esta primera etapa, la decisión más difícil de todas: se retiró. Me puedo
imaginar la rabia que sentiría quedándose en tierra y lo mal que lo pasaría
viendo cómo íbamos ganando metros.
Una
vez que estuvimos todos en la primera reunión, empezamos el segundo largo para
dejar sitio a la segunda cordada, que empezaba ahora. Esta segunda etapa tenía
40 metros. Primero salió Nicolás hijo, después su padre y por último yo,
separado tres metros de él y usando la misma cuerda. Hicimos una leve travesía
hacia la derecha y subimos por un canalizo donde se encontraban mejores apoyos
que en el anterior. Sin embargo, llegamos a la segunda reunión, al menos yo,
como si hubiera corrido un maratón. Me supuso un esfuerzo enorme, ya que me iba
agarrando a la roca como un mono a un trapecio. Por fin, la segunda reunión, en
la base de la gran lastra central. Estábamos ya a unos 170 metros sobre el
fondo del valle y las vistas eran impresionantes.
Desde
allí, encaramos el tercer largo, de 30 metros, que subimos por una fisura en el
mismo orden que el anterior. En éste, creo que todos nos encontramos más
cómodos, pues íbamos cogiendo ya un poco de confianza y también el tranquillo a
los pies de gato. Nos volvimos a reunir los tres de la cordada junto con el
guía en la reunión y nos preparamos para empezar con el siguiente.
El
cuarto y quinto largo los hicimos seguidos, 80 metros. Se escala por unos tubos
de órgano que van ligeramente en diagonal hasta una reunión que llaman
sarcófago, cosa que no hizo ninguna gracia a Nicolás. Después se continúa por una
placa tumbada de tubos de órgano, mucho más asequible. En mitad de este tramo
me atasqué y no era capaz de encontrar ningún apoyo para continuar subiendo.
Pasé mucho apuro, pues pensé que iba a volver a caerme, ya que no era capaz de
encontrar dónde poner los pies. Al final, metí el pie directamente en la fisura
de la piedra y fui ya capaz de arrancar, aunque a veces costaba luego sacar el
pie, que se incrustaba a presión. Llegué agotado al sarcófago. Tomás, que
empezaba ahora este largo, me preguntó cómo era, y le contesté –me arrepentí
enseguida- que era el que más difícil me había resultado, y que lo había pasado
mal, lo que supongo que no le ayudaría en nada.
Habíamos
escalado ya los 165 metros de pared y estábamos cada vez más cerca de la cima.
Ya estábamos todo el grupo otra vez juntos.
A
partir de ahí, ya no había escalada, sino un trepadero hasta arriba, y después,
un pasillo estrecho que desembocaba en la cima. Había mucha piedra suelta que
era necesario pisar con cuidado no sólo por no resbalar, sino por tratar de no
tirárselas a los que pudieran venir por abajo. En este tramo pedí encordarme
con uno de los guías y fui unido a Matías. No era muy complicado, pero se podía
perder pie en cualquier momento.
Despacito
fuimos avanzando juntos hasta que, a las 15,00 horas, hicimos cima. Lo habíamos
conseguido.
Nos
hicimos las fotos de rigor y disfrutamos de uno de los paisajes más increíbles
que había visto jamás. Se veían kilómetros de playas del Cantábrico por un lado
e infinidad de montañas con sus valles por el otro. Un espectáculo impresionante,
que disfrutamos por lo menos media hora, con uno de los días más buenos y
claros que podríamos haber soñado. Habíamos acertado de pleno en la elección
del destino.
Pero
como bien nos recordó Quique, todavía quedaba la bajada, así que nos volvimos a
poner en marcha. La verdad es que bajar da más respeto todavía que subir, así
que fuimos yendo con mucho cuidado no hacia donde se indica en el croquis el
primer rapel, sino a la última de las reuniones. Desde allí rapelamos en tres
tiradas de unos 50 metros cada una durante poco más de una hora. A las 16,30
pasadas estábamos ya en la base del pico y poco después en el valle.
Ahora sí que lo habíamos conseguido y nos
dimos todos un gran abrazo con Álvaro, que seguía esperándonos abajo, y que
había estado todo el día tomando el sol con una chavala de impresión, novieta
de uno de los guías.
Estábamos
sedientos, ya que nos habían sugerido que subiésemos sólo con un litro de agua
por persona para no cargarnos de peso, y aunque habíamos llevado una botella de
litro y medio cada uno, antes de terminar la ascensión ya la habíamos gastado.
Nadie contaba con un día tan caluroso, y volvíamos bastante deshidratados.
Ya
sólo quedaba destrepar los aproximadamente 300 metros de desnivel hasta el
refugio, y de allí a la esperada cena en el hotel, pues en todo el día, a
excepción del desayuno, sólo habíamos comido un par barritas energéticas.
En mitad del descenso, Nicolás se encontró en la mochila una botella de
agua que fue muy celebrada. En poco más de una hora, llegamos al refugio. El
Aquarius que me bebí me supo a gloria. Descansamos un rato, firmamos en el
libro de la Asociación de Guías, y sobre las seis, nos despedimos e iniciamos
la marcha hacia Pandébano, donde nos esperaban mi padre y los coches. Llegamos
poco después de las 8 de la tarde, ya anocheciendo en este valle. Un rato
después estábamos ya en Sotres tomándonos unas cervezas y preparando la cena:
fabada asturiana, solomillo y entrecot de ternera, un buen tinto, una botella
de cava que mi padre mandó meter en frío cuando le confirmaron que habíamos
sobrevivido al Naranjo, y una única copa antes de que nos cerraran
(afortunadamente) el bar.
Días
después nos enteramos de que Pedro Pidal no está enterrado en la cima del
Naranjo, sino en el Mirador de Ordiales. Menos mal que no lo supimos antes.
Ahora, a lo mejor hay que subir al Mirador.
No puedo parar de pensar, después de
haber conocido este pico, en la heroicidad e impresionante proeza que Pedro
Pidal y Gregorio Pérez “El Cainejo” hicieron en Agosto de 1904, ascendiendo sin
medios, sin conocer ninguna ruta y, lo que es más impresionante, sin saber si
podrían bajar.
Al
día siguiente, ya de vuelta a Sevilla, paramos en una venta de carretera donde
todos pedimos el mismo menú: huevos fritos, seguramente para tratar de
recuperar en parte el apuro que habíamos pasado. Además, estaban muy ricos.
Sé
que no hemos subido al Himalaya, ni hemos inventado ningún remedio contra el
cáncer, pero estoy encantado y orgulloso de haber conseguido llegar hasta allí
arriba con un grupo que será ya siempre para mí muy especial.
Pedro
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